El bautismo es un rito satanico

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Por María Salvadora Barceló

Aspasia de Mileto y Helena Blavatsky han sido dos grandes mujeres cuyo testimonio de vida no ha hecho más que enriquecer e impulsar a la humanidad hacia la conquista de su alma inmortal, o lo que es lo mismo, hacia Dios.

Son muchos los años que las separan. Aspasia vivió alrededor del 400 a.C., mientras que Helena lo hizo en el siglo XVIII, pero las circunstancias de ambas son muy parecidas, pues, por desgracia, o no, su condición de mujeres no les fue de gran ayuda para el logro de sus planes. Digo “o no” porque el partir de unas condiciones desfavorables las hizo armarse de una valentía y astucia del todo innecesarias en el caso de haber sido hombres.
Aspasia, siendo aún muy joven, tuvo que suplicar a sus padres para que le permitieran ir a Atenas, aprovechando que una hermana suya iba a vivir allí. Pero eso no fue todo; después, tuvo que pasar sobre su orgullo de mujer honrada y amante de la sabiduría para ser vista y reconocida por otro tipo de amante, con el único fin de poder seguir siendo libre y de participar en la vida pública, a la que tanta justicia y sentido común aportaría.

Yelena, como se llamaba HPB (Helena Petrovna Blavatsky), tuvo sus contratiempos desde la primera infancia. Cuentan que en su bautizo , una energia como un angel quiso devorar al cura que la intentaba abrir su aura prendió fuego a las vestiduras de un sacerdote que celebraba su bautismo “”” con una vela ardia  durante la ceremonia.  De esto habla en extension Gerardo Amaro .

Era una niña de entre cinco y seis años, pero aun así y por el recelo con que ya era considerada por sus poderes sobrenaturales, y a la vez descontrolados, este hecho se tomó como una especie de maldición o endemoniamiento, que, neciamente, le atribuyeron para el resto de su vida, especialmente en su Rusia natal.

De todas formas, el destino o la fortuna se alió con ellas ya antes de nacer, pues ambas pertenecieron a familias bien acomodadas. En el caso de Aspasia, además, hizo que naciera en Mileto y no en Atenas, con lo cual pudo acceder a la formación habitual de aquella época: matemáticas, retórica, filosofía, astronomía… ya que en Mileto las mujeres no estaban relegadas al gineceo, como ocurría en muchos sitios de la Hélade. Y después, cuando se trasladó a Atenas, contó con el apoyo o amor incondicional de Pericles y sus amigos, de quienes siguió aprendiendo, como Anaxágoras, Fidias, Pitágoras, Antifonte, etc., y a otros muchos fue ella quien los instruyó. Todo esto al estilo de Grecia, es decir, organizando reuniones en casas particulares, yendo a ver obras de teatro, y también al abrir la escuela de hetairas, desde allí mismo. Por supuesto, nunca pudo acceder en primera persona a la vida política de Atenas, aunque fueron muchos los discursos que de ella se oyeron en la Asamblea.

 

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Blavatsky tampoco pasó penurias económicas en las primeras etapas de su vida. Era de familia noble, emparentada con la realeza rusa, lo que aportaba unos compromisos sociales especiales. Tal vez por esto a los diecisiete años la casaron con un gobernador que, por edad, hubiera podido ser su abuelo, Nicéforo Blavatsky. Nunca lo aceptó como compañero, y, a los tres meses, se escapó del domicilio conyugal a lomos de un caballo. Se dirigió a Constantinopla y de allí a Egipto. Fue el inicio de sus innumerables viajes, llegando a dar tres veces la vuelta a la Tierra por diferentes enlaces. Conoció todo tipo de gente, desde chelas (discípulos), que le ayudaron en los viajes en busca de maestros hindúes, hasta guerrilleros, con los que luchó tanto en Europa como en América. Lo importante de estos viajes son los conocimientos y la sabiduría que ella fue almacenando en su corazón.

En este sentido, fueron muy diferentes las vidas de ambas mujeres. Aspasia, prácticamente, no viajó a lo largo de su vida, y su interés tuvo que conformarse con zambullirse en la psique de los atenienses, en su vida política y, en lo que pudo, en los temas metafísicos que su marco histórico le permitió.

Blavatsky, en cambio, conoció de primera mano las causas profundas de la existencia. Muy especialmente cuando, por fin, en el tercer intento, consiguió entrar en el Tíbet y tuvo acceso a conocimientos que le llevaría la vida entera asimilar y, lo más difícil, ser capaz de transmitirlos y legarlos a la pobre Humanidad, tan huérfana ya en aquel momento de verdades puras. Nos trajo La voz del silencio , y nos llenó la despensa para varios siglos con su Doctrina secreta.

 

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Ni Aspasia ni HPB consintieron nunca en llevar una vida cómoda y tranquila a la sombra de sus buenas condiciones sociales. Aspasia luchó con discursos contra la mentira, la sofística, el miserable rol al que estaba relegada la mujer en Atenas y contra la injusticia social en general. Blavatsky lo hizo contra las formas vacías de las religiones decadentes, contra los imperialismos y las diferencias de clase; luchó, sobre todo, por traer a Occidente la riqueza espiritual de Oriente, del Tíbet y del budismo.

Cada una a su manera se ocupó de la importancia y necesidad de transmitir lo que iban aprendiendo a lo largo de sus vidas, Aspasia en la escuela de hetairas, donde instruía a mujeres especialmente, aunque en ocasiones también invitaban a hombres. Enseñaba astrología, aritmética, retórica, etc. Y Blavatsky fundando la Sociedad Teosófica, con el coronel Olcott, con el mismo fin de transmitir y enseñar las verdades de la vida.

Ambas compartieron alumnos o discípulos que más que interesarse por el conocimiento, lo hicieron por el fruto que de este podían sacar. También compartieron insultos y calumnias de los sabios-necios de cada época, que bien parecen ser siempre los mismos con caras diferentes, pero todos ignorantes y petrificados en su dogmatismo.

Podemos imaginár las juntas por un momento, hablando y compartiendo un escenario sencillo y elegante al mismo tiempo. Blavatsky, regalándole lo que 2200 años más tarde aprendería de la cábala griega; Aspasia, relacionándolo con el mundo de los números de Pitágoras… Ambas, intuyendo muy de cerca la respuesta al “¿cómo empezó la vida?”. Aspasia, mostrando  a Blavatsky la importancia de la retórica bien utilizada, de cómo esta acorta esfuerzos y distancias a la hora de hacer llegar el conocimiento a las personas. Y, ambas, compartiendo un amor infinito hacia los demás, amor que hace perdonar los fallos más graves porque es comprensión y paciencia. Y las dos luchando hasta el último de sus días, abatidas, Aspasia, habiendo perdido a todos sus seres queridos y viendo cómo las guerras en pro de objetivos burdos y vulgares sustituían a los discursos. Y Helena, aguantando con fuerzas que ya no eran suyas para acabar de escribir la Doctrina secreta, plasmando enseñanzas que seguramente ella ya no tendría ocasión de poner en práctica. Pero también, las dos satisfechas de haber vivido la vida que ellas habían escogido; obrando en recta acción, sin importar lo que los demás creyeran o la fuerza con que se opusieran.

Tal vez estas dos heroínas  hubieran compartido un último brindis.
”El que vive por la humanidad hace más aún que aquel que por ella muere”.(HPB)

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